¡Dos!

ichard aplastó el cigarrillo en el cenicero, era el octavo que fumaba en las dos horas que llevaba sentado en el bar. Miró a su alrededor, en una mesa tras él, dos hombres de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, cada uno, cantaban una vieja balada, obviamente borrachos, en el extremo derecho de la barra otro hombre se había quedado dormido con la cabeza apoyada en la pared. Un viejo y decolorado reloj, que promocionaba una conocida marca de cigarrillos, indicaba que eran las dos de la madrugada.

El cantinero se aproximó con una triste expresión en su rostro, era un hombre de unos treinta años de tez pálida y cabellos tan negros y cubiertos de laca que reflejaban la amarillenta luz de las bombillas, como un casco de motociclista. Su aspecto era como el del vampiro de una mala película.

- Ya vamos a cerrar señor - dijo, con voz cansada.

- ¿Cuánto le debo?- Preguntó Richard, fríamente.

- Veinte.

Richard sacó del bolsillo de su camisa dos billetes de diez enrollados y los puso sobre la barra. El cantinero tomó los billetes a la vez que daba una mirada de desprecio a Richard, "Maldito mezquino, gracias por la propina", parecía decir.

Richard se puso de pie pesadamente y tomó su sombrero y sobretodo del perchero situado a la izquierda de la barra, eran los primeros días de octubre y empezaba a sentirse el frío, se puso el sombrero y dobló el sobretodo sobre su antebrazo izquierdo, para hurgar en uno de sus bolsillos, del que sacó un billete de cinco que le extendió al cantinero.

- Su propina amigo.

- Gracias - respondió el otro.

Richard se dio vuelta y se puso el sobretodo, caminó hacia la puerta e introdujo la mano en uno de sus bolsillos extrayendo de éste una pistola, levantó el arma y apuntó a la cara del cantinero, quien lo miró fijamente con una expresión de sorpresa. Oprimió el gatillo, un cegador relámpago salió del cañón del arma, seguido de un ensordecedor estallido, el proyectil disparado atravesó la habitación e impactó en el rostro del cantinero destrozándolo, una marea de sangre y sesos brotaron con el impacto y salpicaron la pared produciendo una inmensa mancha, el cuerpo pareció mantenerse de pie por algunos segundos antes de caer violentamente.

El ebrio que dormía al final de la barra, despertó y miró fijamente a Richard, parecía no entender lo que estaba sucediendo, se puso de pie y se recargó contra la pared extendiendo sus brazos en el aire.

- ¡No me haga daño, por favor!- suplicó.

Richard oprimió nuevamente el gatillo, ahora dos veces, la primera bala impactó en el abdomen del ebrio, la segunda en su cabeza, arrancándole un pedazo de cuero cabelludo que quedó adherido a la pared.

Los dos hombres que cantaban en una de las mesas se habían puesto de pie y habían corrido a ocultarse en una de las esquinas del bar, tras una máquina de refrescos. Richard caminó hacia uno de los extremos de la habitación despejando el paso a la puerta de salida. Al ver esto uno de los hombres corrió a la puerta tratando de escapar, Richard volteó disparando a su espalda, para luego aproximarse a él, aun estaba con vida y trataba de arrastrarse a la salida, levantó el arma y disparó a la nuca del hombre, éste se estremeció en un violento espasmo quedando inerte posteriormente, su sangre encharcó la alfombra que cubría el piso del bar, formando una inmensa mancha que aparecía purpúrea ante la iluminación amarillenta del lugar.

El otro hombre permanecía oculto tras la máquina de refrescos, Richard se dio vuelta y caminó hacia él, apuntando a su cara.

- Por favor, no me mate, ¡se lo suplico! - gimió entre sollozos.

- Nunca supliques - reprendió Richard calmadamente.

Siguió acercándose sin prestar atención a las súplicas, cuando se encontró a un metro del hombre apretó el gatillo, la bala le arrancó un pedazo del cráneo, el hombre cayó sentado, con su espalda recargada contra la máquina de refrescos. Richard dejo caer el arma y salió del bar, topándose con un hombre que venía entrando, caminó dos cuadras hasta llegar a la avenida principal de Noelia. El frío era intenso, levantó el cuello de su sobretodo y lo ajustó un poco más contra su cuerpo, luego hizo señas a un taxi que pasaba por el lugar y lo abordó al detenerse éste.

- Al distrito este, por favor - dijo al taxista.

El taxi cruzó a la derecha en la calle 64 y luego nuevamente a la derecha en la 32, una leve niebla se levantaba en las proximidades del distrito este.

- ¿Adónde, señor? - preguntó el taxista.

- Al número 20 de la calle 15, por favor - contestó Richard, sin apartar la vista de la ventanilla del auto.

El taxi se desplazó más lentamente ahora; debido a la niebla que empezaba a tornarse más densa, cruzó a la izquierda en la 13 hasta alcanzar la 15, avanzó cinco casas y se detuvo frente a una gran casa de tres pisos y amplio jardín.

- Llegamos señor, son cinco.

- Gracias, tenga - dijo Richard, extendiendo un billete de diez al taxista -, quédese con el cambio.

- Gracias señor, que tenga buenas noches - contestó alegremente.

Richard bajó del taxi y abrió la verja de la casa, un gran pastor alemán se aproximó corriendo a él y le salto encima alegremente, casi derribándolo.

- Ya muchacho - dijo, acariciando la cabeza del perro -, mira lo que te traje.

Sacó una bolsa de papel del bolsillo de su sobretodo, en ésta había una gran galleta que el perro devoró apresuradamente. Nuevamente acarició la cabeza del animal, y siguió su camino hacia la puerta de la casa.

Abrió la puerta y subió al segundo piso, entró al baño y lavó su cara con abundante agua. Luego pasó al estudio y se sentó en el escritorio, vio el reloj que colgaba en una de las paredes, eran las tres de la madrugada. El estudio era agradable, la pared de la izquierda tenía un gran ventanal que miraba al jardín, por ella se podía ver al perro juguetear entre las flores; la pared de la derecha estaba cubierta de libreros, con toda una colección de libros de Historia y Arqueología, sobre el escritorio cerca de su mano derecha reposaba un portarretratos con la foto de una mujer y un niño de unos doce años.

Abrió una de las gavetas del escritorio y sacó un viejo cuaderno con cubierta de cuero y el nombre Richard Kramer gravado en él, escribió algunas líneas en su última página y lo depositó nuevamente en la gaveta. Luego abrió la última gaveta y sacó de ella un arma que apuntó a su cabeza.

- Adiós Tony - dijo, para luego apretar el gatillo.

El Teniente Vlada entró en el estudio, habían varios oficiales uniformados husmeando en la casa, vestía su habitual traje negro que le brindaba, junto a su apariencia alta y delgada, el aspecto de una gran ave zancuda.

El reloj de la pared marcaba las cuatro y veinticinco de la madrugada, recargado sobre su escritorio yacía el cuerpo de Richard Kramer, en su mano derecha empuñaba una pistola calibre cuarenta y cinco, el escritorio se encontraba empapado de la sangre que había brotado de la descomunal herida que exhibía su cabeza.

- ¿Qué sabe de lo sucedido, sargento? - preguntó Vlada, a la vez que mostraba su placa, a un policía uniformado de aspecto cansado, que parecía estar a cargo de la situación.

- No hay nada que investigar, es claramente un suicidio.

- ¿Sabe quién era?.

- Si, se llamaba Richard Kramer, era Arqueólogo, mi esposa era muy amiga de su ex - contesto el sargento.

- Y bien, cuénteme todo lo que sepa de él.

- Bueno, como le dije mi esposa era muy amiga de su ex, entes de que se divorciaran y ella se mudara con el niño a Lorena, acostumbraban a salir de compras y esas cosas, mi esposa me hablaba mucho de él, creo que lo admiraba, el tipo era todo un erudito - al decir esto, el sargento abrió expresivamente sus ojos -, durante su juventud estuvo veinte años viajando por Asia, ya sabe la India, el Tíbet y esos sitios exóticos - hizo un gesto con las manos -, estando por ahí se caso con una arqueóloga francesa, que murió poco tiempo después del matrimonio, en un accidente automovilístico en el que él también resulto gravemente herido, fue trasladado aquí para ser tratado, cuando se recupero se dedicó a dar clases en La Universidad de Noelia, contrajo matrimonio por segunda vez con una profesora y tuvieron un hijo, pero el asunto no funcionó y se divorciaron un año después de nacer el niño - el sargento tomó unos segundos para tomar aire.

- Era una persona increíble...

- Pero eso no es todo - interrumpió el sargento -, esta misma noche el señor Richard entro en un bar de la calle 72 como a las 12 de la noche, hay testigos que lo vieron hacerlo, estuvo ahí por unas dos horas y antes de irse, sin motivo aparente, sacó un arma y mató al cantinero y a otros tres hombres que estaban en el lugar. Un ebrio, que iba entrando al lugar, tropezó con él cuando salía, como a las dos y cuarto de la madrugada. Luego abordó un taxi que lo trajo aquí, para después darse un tiro.

- ¿Es todo?, o... ¿Hay algo más? - preguntó Vlada, con una mirada de asombro.

- Solo esto - contestó el sargento, extendiendo a Vlada un viejo libro con cubierta de cuero -, es su diario, vea la última página.

Vlada abrió el libro, pudo ver en él anotaciones que parecían datar de muchos años atrás, y en la última página unas líneas escritas recientemente, como se podía comprobar por el intenso color negro que conservaba la tinta; decían:

"Vida y muerte, son eventos ineludibles, vivir es un eterno morir, la muerte es un resurgimiento.

No es necesario un motivo para causar la muerte a otro ser, solo el simple deseo de hacerlo, esta noche lo he hecho, sin razón alguna, solo lo hice, tan simple como eso.

Ahora, así como una vez nací debo cumplir con la inalterable cadena que es el vivir, ahora debo morir.

Dr. Richard Kramer."

Fin.